La noche que Washington Irving pasó en Alcalá (y quedó prendado de la posadera)

Publicado: 20/08/2023
El que puede considerarse primer escritor superventas de la literatura norteamericana pasó una noche en una posada de El Llanillo el 8 de marzo de 1828
En España, el nombre de Washington Irving está asociado, ante todo, a su obra “Cuentos de la Alhambra”, escrita durante su más o menos larga estancia en nuestro país. Para los más jóvenes, probablemente sea más desconocido, aunque puede que no tanto como piensan. A los aficionados al género de terror y de aventuras, seguro que les suena la película “Sleepy Hollow”, que relata la famosa leyenda del “jinete sin cabeza”, y que, dirigida en 1999 por Tim Burton, fue protagonizada por el célebre actor Johnny Deep. Esta producción de Hollywood se basó en la obra homónima de Washington Irving, que fue además, un verdadero éxito comercial en su época. Y es que Irving ha sido considerado el “patriarca de la literatura americana” y “el mejor escritor de habla inglesa de su tiempo”, pudiendo considerarse todo un superventas en la primera mitad del siglo XIX.

En este punto serán muchos los que se pregunten: “¿Y qué tuvo que ver este señor con Alcalá la Real?”. Un poco de paciencia, prosigamos. Además de su vertiente como gran escritor e incluso antes de ello, Washington Irving se había iniciado en la carrera diplomática. Siempre había sido un viajero incansable y en los años veinte del siglo XIX prodigó sus estancias en diferentes países europeos, periplos en los que conoció a algunos de los autores más célebres de su época, incluida Mary Shelley, la autora de “Frankenstein”, de la que se dice que fue amante. En 1826 fue llamado a Madrid por el que posteriormente sería embajador de Estados Unidos en España, Alexander Hill Everett, lo que le llevaría, años después, a convertirse en agregado de la embajada norteamericana en nuestro país. Esto le permitiría realizar múltiples viajes por nuestra geografía, muchos de ellos por el sur de España, que era la región predilecta por aquella época para los viajeros románticos.

Fue en el marco de uno de estos viajes cuando nuestro escritor pasaría por Alcalá la Real. No fue algo tan fugaz como pueda parecer, ya que el que más tarde sería embajador de Estados Unidos en España (1842-1846), incluso hizo noche en una posada de la localidad. Tal y como recoge el historiador Francisco Martín Rosales en su blog “Casas de Cabildo”, “Irving se introdujo en  el apasionado periodo de la conquista de Granada a través de la lectura de las crónicas reales. Después,  recorrió muchos pueblos de España y quedó cautivado por su paisaje y por las leyendas y cuentos de tradición andaluza, que le contaban la gente popular: arrieros, posaderos, gitanos, bandoleros… En 1828, llevó a cabo un viaje desde Madrid hasta Gibraltar. Este primer  viaje a Andalucía se inició el 3 de marzo y acabó el 7 de abril del mismo  año. Fue acompañado por el cónsul general y el secretario de la embajada de Rusia, señores Gessler y Stoffengen.  Aunque la crónica nunca llegó a publicarse, su biógrafo Stanley T. Williams, publicó en 1937 el diario de este viaje donde había anotado todas las circunstancias acaecidas en el periplo”.

De este modo podemos saber, según continúa detallando Francisco Martín Rosales, que “el cinco de marzo partió de Córdoba hacia Granada  contratando dos guías, una escolta de cuatro personas  para protegerse de los bandidos y unos caballos para montar. El día siete llegaron a Castro del Río; el mismo día pernoctaron por la noche en Priego, donde tuvieron un incidente con un  escolta que había robado la pistola y la capa  a  un regidor y un criado; y, a las seis de la mañana, se pusieron en marcha y llegaron a Baena al mediodía: cerca de allí admiraron su bello castillo, rodeado de olivos.  Por la tarde, siguiendo el camino de Baena a Alcalá la Real,  pasaron  por la aldea de La Rábita. Se le hizo tarde, por que el sol se ponía por la Sierra de  la  Torre de la Solana y la  cumbres de la  Sub-bética cordobesa. El camino  pasaba por el barranco Moriana, dehesa de Fuente Álamo, cortijos de la Caserías, Pasada Baena, Jurá, Villar,  y por tierras de monte bajo que a veces hacía perder la ruta, lo que, en medio de la oscuridad, le obligó a recorrer parte de trayecto en medio de terrenos arados, provocando  el retraso hasta llegar a Alcalá la Real. Irving comentó y anotó que les costó más de lo que preveían. No obstante, la noche debía de ser de luna llena, porque les guió la “mole fantasmal del castillo, dejándose  ver en todo momento “les guiaba como única referencia”. Llegaron a las siete y media de la tarde. No salieron del lugar  del hospedaje, en el camino de la Corte, el  Llanillo de la ciudad había varias posadas”.

“En  la posada de los Álamos, cenaron huevos de la ciudad y jamón de sus alforjas. Se alojaron en dos alcobas: dos miembros en una y tres en  la otra. Irving quedó prendado del aspecto comedido de la patrona de la posada  y de la belleza de sus dos hijas. Por la mañana, abrió las ventanas y “con la  luz radiante de un sol que deslumbra, resalta Alcalá encaramada, como su fortaleza, en la cumbre de la montaña y sus calles pinas que conducen a la iglesia o a la fuente. En otra colina, se aúpa su ermita”. Pero, esta descripción  debió responder a una mirada hacia atrás cuando se encaminaba a Puerto López y describe su estancia en la venta para comer  y el recorrido torres albarranas habían de la disputa  de estas tierras, o, también  del temor a perderlas. No se ha retirado el invierno que cubre de nieve algunas alturas cercanas. Unas águilas volando majestuosamente rompen la desnudez de los espacios abiertos”.  

Tras el largo viaje y la azarosa llegada a la ciudad, los viajeros pasaron aquella noche de las postrimerías del invierno sin alejarse de los reconfortantes muros de la posada. No obstante, podemos estar seguros de que Irving se llevó un recuerdo indeleble de Alcalá la Real. No es casualidad que, en años posteriores, otros viajeros anglosajones como el pintor escocés David Roberts, plasmaran en sus obras maravillosas y sugestivas vistas de Alcalá la Real, que conectan con la descripción casi onírica realizada en 1828 por Washington Irving.

 

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