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01/08/2021

Sindéresis

La veracidad del terror

Y todavía vendrá un gilipollas a decirme que «yo ni fascista ni antifascista; yo creo en la igualdad».

Publicado: 25/04/2021 ·
21:15
· Actualizado: 25/04/2021 · 21:15
Autor

Juan González Mesa

Juan González Mesa se define como escritor profesional, columnista aficionado, guionista mercenario

Sindéresis

Del propio autor: "Toda ideología que no puede comprender un niño es un engaño para los adultos"

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Este discurso os tiene que sonar, porque posee componentes parecidos a otros discursos que siempre van vinculados a aquellos que desean convertir nuestras calles en la selva. Se trata de justificar la agresión, negarla al mismo tiempo y, también a la vez, relativizar las consecuencias de lo que has justificado y negado. Se trata de lanzar una nube de tinta para que los actuales terroristas se libren, lo que haría el abogado defensor de un enorme hijo de puta.

Sucede con las violaciones. Se justifica la agresión aludiendo a estados etílicos de una y otro, ausencia de la decencia en los horarios o en la ropa. Con la misma, desde la misma boca, se niega que sea una violación porque la violada no arrancó la cabeza de cuajo al violador o no se dejó la vida intentándolo, o porque llevaba pantalones y es imposible violar a alguien con pantalones si no se deja. Obsérvese que, ya lleves falda o pantalón, va dar la mismo. Y, de postre, se analiza el comportamiento posterior de la víctima, se alega que no ha perdido la capacidad de sonreír, que sigue teniendo dos piernas, que está buscando trabajo; esa víctima de una violación que no es tal, pero que, en caso de haber sucedido, estaría completamente justificado.

Ahora vamos al caso de la amenaza de muerte contra Grande Marlaska, Pablo Iglesias y María Gámez. Me como un metro cuadrado de hule verde si no se dan los mismos pasos. Por una parte, tenemos a gente como Ayuso justificando las amenazas de muerte contra Pablo Iglesias y, de la misma tacada, negando sus consecuencias, negando la veracidad del terror, cuando dice que «…aquellos que provocan esa violencia luego se hacen los ofendidos». Traducido por analogía al contexto de una violación, más o menos vendría a decir que lamenta que se viole a la gente, pero que, si vas provocando, luego no vale quejarse. Ojo, que en la amenaza se alude a quien ha «dejado morir a nuestros padres y abuelos», que, si se refiere a las residencias de ancianos de la Comunidad de Madrid, en todo caso, la culpable es ella; la que habría provocado esa violencia sería ella. Otra opción es que Ayuso considere que el mero hecho de ser de izquierdas de verdad, no como el PSOE, ya sea una provocación dentro de España; pero claro, ella ha sido definida como una falangista de rompe y rasga, y eso hacían los falangistas, matar rojos.

Unido a esto tenemos a VOX negando que las amenazas sean reales. Imagino que no les haría mucha gracia que se insinuara, de su líder, que en verdad ni él ni su familia han sido nunca amenazados por ETA y que lleva pistola porque le gusta llevar pistola. Aprovecho este momento estelar, por cierto, para condenar a ETA sin paliativos ni matices. Aprovecho también para recordar que existe cierta tendencia en cierta gente, cuando le preguntan por ETA, a condenar «todo tipo de violencia», que no es más que otro modo de insinuar que la violencia de ETA era más efecto que causa; esa gente no se deja poner un micro delante para que señalen solo a los suyos. Esto es exactamente lo mismo que hace Monasterio, con la misma boca con la que niega que las amenazas contra Iglesias sean reales: condena TODA la violencia, como diciendo «la violencia ejercida antes por Iglesias, que no se le olvide a nadie, que aquí no hemos venido a que señalen solo a los nuestros». Parece evidente que cualquiera que agreda propiedades o personas del bando que defiende la democracia encontrarán en Ayuso y Monasterio, y en unos cuantos cientos de bots, y unos miles de paletos, a los abogados defensores más esforzados que uno podría desear.

Lo que se intenta conseguir con este posicionamiento fascista es hacer viable argumentalmente, y por tanto instalar en el imaginario colectivo, que las personas de ideología socialista, comunista o anarquista sean objetos viables de intimidación, violencia física o asesinato. Preparar a la sociedad para que consienta la quema de sedes, de libros y de personas. Y todavía vendrá un gilipollas a decirme que «yo ni fascista ni antifascista; yo creo en la igualdad».

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